Recen por mí, me he enamorado

Sí gente de todo el mundo, estoy enamorada.

Aún recuerdo la primera vez que lo vi., bueno “ver” no es la palabra correcta, si buscamos algo específico seria “chocar”. Sí, se chocó conmigo.  El primer y fulminante “impacto” se produjo en el aeropuerto. Yo acaba de llegar de Argentina, aliviada de haber terminado (al fin!) el 5to ciclo en la universidad. Venía una semanas de vacaciones, ya saben, el famoso cliché de ir de viaje a un lugar por algunos días y enamorarte y bla bla bla. La verdad es que lo único que rondaba en mi cabeza era la idea de llegar a casa de mis padres y meterme a dormir a mi entrañable habitación (si es que aún la conservaban). Cómo verán, así de sociable soy.

El hecho es que yo iba bajando las escaleras eléctricas y al estar hablando por celular con uno de mis hermanos para saber dónde me recogería, no pude reaccionar a tiempo para evitar que este tipo se tropezara conmigo y me hiciera caer al piso. ¡Sí! Este torpe en su intento por abordar la escalera eléctrica del costado, no se dio cuenta que yo estaba a punto de  bajar y ambos nos fuimos al piso. Claro, el sobre mí. Me quedé inmóvil, mirando sus ojos, durante 10 segundos y luego reaccione. Mi parálisis no se debió a algún tipo de golpe o contusión, más bien fue el resultado de estar a tan pocos centímetros de esos ojos marrones claros y de ese lunar ubicado arriba de su labio superior.

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No sé porque el también demoró el mismo tiempo en reaccionar. No sé qué observaba en mí. Pero en cuanto los dos reaccionamos, puedo dar fe que quisimos que el piso se abriera y nos tragara la tierra, todo la gente nos miraba. Se acercó un guardia de seguridad a preguntarnos si estamos bien, a lo que ambos respondimos que sí. Él se disculpó conmigo, dijo que su premura se debía a que estaba por perder un vuelo y que si no había nada que lamentar, debía marcharse.

Fue cuestión de un par de minutos, pero eso no evitó que su perfume quedará impregnado en mi memoria. Como idiota, me quedé parada viendo como corría. Pero desperté, sacudí la cabeza y salí del aeropuerto. Ya en la puerta principal esperé la llegada de mi hermano.

Pasaron 30 min y el condenado no venía. Lo llamé y dijo que en 10 min llegaba, le dije que podía tomar un taxi, pero se negó aduciendo que podría sucederme cualquier cosa ya que era algo tarde.

Bueno, resignada, me senté en el paradero de taxis. No tenía carga en el celular así que ni la música podía acompañarme en la espera. Perdida en mis pensamientos vi una mano estirarse hacia mí por el lado izquierdo de mi vista.

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Al voltear mi cabeza hacia la persona que me daba la mano, que agradable fue ver otra vez esos ojos marrones y ese provocativo lunar en su boca.

Se llamaba Saúl, era fotógrafo y comunicador, y había perdido su vuelo hacia Colombia. Me culpó directamente de esto último. Reímos. Hablamos alrededor de 1 hora, nunca le pregunté porque no se iba (no me interesaba mucho aquello), y mi hermano llamó dos veces para hacerme saber que seguía en un embotellamiento terrible.

Lo disculpé, no me importó. Este tipo era genial, sarcástico y hacia un sinfín de gestos con el rostro que me hacían engancharme más. Nunca había conocido a alguien de esta manera. Suelo ser un poco asocial. Vaya, no soy una hippie pero no me gusta hablar demasiado, me gusta el silencio, los pensamientos, observar.

Pero extrañamente con éste hombre me sentía a gusto. Hacía mucho tiempo que no tenía esas ganas de querer conocer a alguien. Cuando por fin llegó mi hermanito, él supo que era hora de la despedida. Le agradecí por la charla y luego de ayudarme a subir las maletas en la cajuela del auto de mi hermano, me dijo: “Gracias por hacerme perder el avión.” Reímos nuevamente.

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Subí al auto, bajé el vidrio de la ventana y estire la mano en señal de despedida. A lo que él respondió con un: “Te invito un café la semana que viene”. Mi mano se quedó sujetando la suya y al darme cuenta de lo que hacía, la solté de inmediato y respondí: “El sábado, a las 7 pm. en la cafetería Bisetti, Costa del Este.”- sonreímos a la par- “Vale, ahí estaré. Cuídate” fue lo que él respondió. Entonces, el auto avanzó. Me fui.

¿Nos vimos al sábado siguiente? Sí, nos vimos. Ese Sábado y el siguiente y el siguiente y así. Alargué mis vacaciones de unas semanas a un mes. Tenía que volver a Argentina, lo que coincidió (al menos eso fue lo que él me dijo) con un trabajo que él había aceptado allá.

Me gustan muchas cosas de él: le gusta aprender, tiene un grupo considerable de amigos y es querido por todos ellos, es paciente y aunque suele ser adorable cuando se enoja, no se mantiene así mucho tiempo. Siempre está tratando de hacerme sonreír. No es bufón, pero me divierte su sarcasmo, su ironía, sus indirectas directas. Me gusta su proyección de vida y su perspectiva de la misma.

No es para nada perfecto, de hecho tiene manías (al igual que yo) que odio, pero son manejables. Trata siempre de acompañarme pero sin invadir mi espacio. Y aunque me tiene harta porque a casi todo le saca una foto, también estoy enamorada de su pasión por la fotografía.

Sí señores, me he enamorado. Yo que no pensaba, yo que no esperaba, yo que siempre decía: “Ahorita no joven. Estoy ocupada.” Yo que siempre pensé en permanecer soltera toda la vida. Me he enamorado de un gran hombre, de esos que te erizan la piel con sólo poner su mirada sobre ti. Y él, pues él también está enamorado, me lo ha dicho, me lo ha confirmado, no con palabras sino con actos diarios. Créanme, no hay nada mejor que ser correspondida.

Publicado en: Amor

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